¿Parasitoides? ¿Qué es eso?
Muchas veces, cuando doy una charla o curso sobre Regulación Biológica de Plagas, explico cosas como el funcionamiento de los ecosistemas y la historia del ecosistema del miedo.
Esos conceptos suelen ser sencillos porque todo el mundo sabe lo que es un depredador, y tiene más o menos una idea aproximada de su función en el ecosistema.
Pero cuando empiezo a hablar de parasitoides, la cosa cambia bastante, porque no hay mucha gente que sepa quiénes son estos tipos. Sencillamente, un parasitoide es un parásito que mata a su hospedador.
Es decir, normalmente una pulga o mosquito no suelen afectar al ser al que parasitan (su hospedador), precisamente para que más colegas o descendientes suyos puedan seguir aprovechándose de él.
¡Al final, estos cansinos me van a caer hasta bien!
Sin embargo, para que un parásito se convierta en parasitoide, es condición necesaria que acabe con la vida del infortunado hospedador.
Es cierto que muchas veces los parásitos transportan enfermedades que pueden resultar letales, como la malaria. También, una excesiva infestación de parásitos en un individuo enfermo o debilitado puede causar la muerte.
Pero estas terribles consecuencias no son inevitables, sino que son más bien desgraciados accidentes provocados por el estado de salud del hospedador o la carga infecciosa del huésped.
Sin embargo, en el caso de los parasitoides, la muerte ocurre sí o sí, y ésta es la diferencia fundamental con los parásitos de toda la vida (que ya casi hasta me caen bien).
Aunque pueda parecer cruel, este tipo de relación es abundantísima en la naturaleza, conociéndose decenas de miles de especies que la practican en algún momento de su desarrollo, siendo la mayor parte himenópteros (avispas) o dípteros (moscas).
Del mismo modo, hay una enorme variedad de formas de parasitoidismo. Así pues, entre las avispas de la familia Braconidae e Ichneumonoidae, por ejemplo, es habitual que las larvas sean parasitoides de las orugas de una amplia diversidad de especies de lepidópteros, mientras que los adultos se alimentan pacíficamente de néctar de flores.
Capullos de avispas parasitoides fuera de su desgraciada víctima.
Las hembras adultas tienen un gran ovipositor (órgano para poner huevos), que es como una jeringuilla gigante (de hasta varios centímetros) en el abdomen. Con este ovipositor, «inyectan» un huevo en el interior de la oruga de turno, que sigue su vida sin más que una inquietante molestia. Para evitar que el sistema inmunitario de la oruga acabe con el huevo, muchas especies inoculan también virus que suprimen o reducen el sistema inmunitario de la víctima, con lo que facilitan el trabajo del intruso.
En poco tiempo, de ese huevo emergerá una larva, que empezará a comerse los tejidos grasos de la oruga, después seguirá por el tejido muscular, y por último, devorará las vísceras vitales para la oruga, provocándole la muerte. Entonces, la larva de avispa formará un capullo o pupa (dentro o fuera de su desdichada víctima), del que saldrá preparada para aparearse y empezar de nuevo a buscar otras orugas.
Alien a su lado, es un cachorrito.
Pupa de oruga de la col, llena de capullos de avispillas parasitoides.
En otros casos, como en las avispas de las familias Mymaridae o Trichogrammatidae, las madres ponen sus huevos en huevos de otros insectos, y sus larvas se alimentarán de los embriones presentes en esos huevos.
Al terminar su festín, la avispa completa su desarrollo en el huevo que ha parasitado, y sale al exterior lista para aparearse y empezar de nuevo el ciclo. Obviamente, para poder hacer esto, tienen entre ellas algunos de los insectos más pequeños del mundo, llegando a medir menos de 0,2mm.
Minúscula avispa de la familia Mymaridae
Aunque estos ciclos vitales suenen horrorosos y un poco alienígenas, controlar a las plagas y polinizar tus flores son dos de las acciones más importantes para ti dentro de tu agrosistema, por lo que este tipo de seres son especialmente importantes, y harás bien en intentar mantener una población sana de los mismos, ya que obtienen tasas de reducción de plagas de hasta unos espectaculares 90% y 95% de reducción.
Todas estas especies, por supuesto, son inofensivas para el ser humano; mientras que son el terror de las orugas (lepidópteros), gorgojos (coleópteros), pulgones (áfidos), chinches (heterópteros) y un largo etcétera de molestos habitantes de nuestros agrosistemas.
Avispa parasitoide inoculando un huevo en un pulgón
¿Y cómo puedes atraerlas? Pues es bien sencillo: como en el caso de las abejas albañiles, sólo has de procurar tener flores produciendo néctar alrededor de tus cultivos todo el año, ya sea en forma de setos vivos, bancales para insectos, arriates de flores, linderos y acequias con vegetación, etcétera.
Con esto, conseguirás que tus tierras sean especialmente atractivas para los adultos, que pondrán sus huevos sobre aquellos bichos que te están haciendo la puñeta en el cultivo, librándote de una más que molesta compañía.
¿Te atreves a probar?
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bastante interesante el blog, los temas demasiado certeros y muy explicativos, felicidades y a seguir infundiendo conocimientos para lograr restablecer nuestros ecosistemas dañados; Saludos de Guatemala… Futuro Ing. Forestal