La vida en el campo
Tendría yo unos catorce o quince años cuando cayó por primera vez en mis manos un libro que me iba a cambiar la vida: La «Guía práctica ilustrada para la vida en el campo», de un tal John Seymour.
Este libro, de tapas duras y esquinas aguzadas, con dibujos sencillos pero muy efectivos para explicar conceptos, tenía una introducción titulada «la vía hacia la autosuficiencia«, en la que, en apenas una página, hablaba sobre temas tan importantes como el peak oil, el respeto al resto de seres vivos, la importancia vital de conservar los suelos agrícolas, la esclavitud del hombre en la sociedad de consumo, la necesidad de la cooperación entre las personas e incluso algún indicio de una temprana Regulación Biológica de Plagas. ¿Cómo podría resistirme a leer semejante libro?
¿Una granja de dos hectáreas? ¿Quién dijo miedo?
A partir de entonces, aquel volumen se convirtió en una especie de fiebre para mí. Lo leía de día y de noche. Soñaba con cómo iba a dividir las parcelas de mi granja de dos hectáreas (ya que nos ponemos a soñar, ¡que sea la grande!), discutiendo conmigo mismo si era mejor orientar los frutales de Norte a Sur o de Este a Oeste, y recuerdo cómo me disgustaba no saber qué demonios eran las betarragas o las rutabagas (¡no me miren así!¡Todavía no existía internet!), a las que el viejo Johnny parecía prestar tanta atención.
Leí con muchísima atención el capítulo dedicado al caballo de labor (¿Tractores? ¡Eso es antiecológico!), aprendiéndome de carrerilla los nombres de los arreos. Y de hecho, todavía hoy en día sigo con atención algunos blogs sobre el tema, esperando el día que tenga mi propio hispano-bretón. Me preocupaba que el suelo de adoquines del establo fuera a ser difícil de limpiar, y que si le cogía algo de leche a la yegua para hacer queso, el potro se me quedara pequeño.
Discutía mentalmente si lo más conveniente era adquirir gallinas Leghorn o Rhode Island rojas, o trataba de imaginar cómo serían los descendientes de un conejo gigante de Flandes cruzado con una blanca de Nueva Zelanda (después descubrí que aquí también había razas autóctonas).
Las leghorn son buenas ponedoras…¡pero las cuckoo maran son más grandes!
Cierto es que no tenía tierra para cultivar, y como tampoco me gustaba la caza ni la cocina, decidí emplearme a fondo con sus recetas para la conservación de los alimentos.
Y por «conservación» quiero decir «fermentación». Para espanto de mi santa madre, hacía yogures en el armario de la habitación, chucrut en un tupper en la mesilla, pacharanes caseros en el garaje, y hasta un champán de peras que fue muy aplaudido por mi cuadrilla en una garrafa de plástico en el balcón.
Cierto es que los resultados no siempre fueron brillantes (la cerveza se convirtió en una especie de flema gelatinosa de color indescriptible, el queso se fue por el retrete sin atreverme ni a olerlo, y jamás llegué a saber a qué sabía un chutney sin quemar), pero poco a poco, ese maldito libro consiguió meterme en el cuerpo el gusanillo del campo, la autosuficiencia, y la agroecología, entre otras muchas y necesarias lecciones vitales.
El problema es que yo vivía en el tercer piso de un edificio en una ciudad de pequeño tamaño, y lo más cerca que había estado de una pala era cuando pasaba cerca de una obra. De ahí a estudiar una carrera «de campo» había un paso, y luego los cursos de agricultura ecológica y permacultura, prácticas, encargos, proyectos, diseños, etc.
Veinte años más tarde, sigo teniendo ese problema (ahora vivo en un cuarto piso). Y aunque sigo esperando mi granja de dos hectáreas y mi caballo hispano bretón (al que llamaré «Sansón»), al menos tengo algunos sitios donde mancharme las manos de barro y una afición que (a veces), también es mi trabajo.
Como decía el viejo Seymour: ¡Buena suerte y larga vida a todos los autárquicos!
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Yo también tengo ese libro jajaja y me encanta…
Sigo soñando con tener mi huerto